miércoles, 20 de abril de 2011

Conversaciones

  • Desde la orilla se hacen objeciones, se plante-an preguntas como si se lanzasen salvavidas, pero más con la intención de liquidar al aventurero e impedirle avanzar que con la de ayudarle: como Foucault ha podi-do experimentar mejor que nadie, las objeciones proceden siempre de los medio-cres y de los vagos. Melville decía: “Si, por necesidades argumentales, dijésemos que él está loco, yo preferiría cien veces estar loco que cuerdo… me gustan los que se sumergen. Cualquier pez puede nadar cerca de la superficie, pero sólo las gran-des ballenas son capaces de descender más de cinco millas… Desde que el mundo es mundo, los buceadores del pensamiento regresan a la superficie con los ojos inyectados en sangre.” Todo el mundo reconoce los riesgos de algunos ejercicios físicos extremos, pero también el pensamiento es un ejercicio extremo y raro. Pen-sar es afrontar una línea en la que necesariamente se juegan la muerte y la vida, la razón y la locura, una línea en la que uno se halla implicado. Pensar sólo es posible en esa línea mágica, que no forzosamente conduce a la perdición: no estamos fatal-mente condenados a la locura o a la muerte. Foucault estuvo siempre fascinado por esta oscilación, por esta zozobra perpetua de lo próximo y lo lejano de la muerte y la locura.

Conversaciones 1972-1990 Gilles Deleuze

No hay comentarios:

Publicar un comentario